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Al Cazafantasmas lo espantan los vivos

La casa de Cañitas 51 no es precisamente una mansión digna de un autor con tanto existo comercial.

No hace falta saber la dirección exacta de la casa de Carlos Trejo. A unos pasos de distancia de la estación del metro Popotla, en la ciudad de México, cualquiera puede dar una referencia. La señora de la tienda, el niño que juega en la cancha de basquetbol o el conductor del camión de la basura. Todos saben dónde se ubica el número 51 de la calle Cañitas, la casa que desde los años 80 fue famosa por las manifestaciones paranormales que vivieron sus jóvenes habitantes.

Dos décadas después de aquel suceso, aún es un dolor de cabeza preguntar a los vecinos si es verdad que ahí espantan. Unos dicen que es mentira y otros que es verdad. Cada quien tiene su versión.

Quizá lo único tangible es que durante días, meses y años, Cañitas 51 se convirtió en un laboratorio para observar en tiempo real cómo se construye un mito a través de una mezcla de tragedia, misterio y exaltación en la industria del entretenimiento.

Y la historia comenzó por su protagonista: el administrador de una tienda de telas llamado Carlos Trejo, quien vivía con sus tres hermanos y su esposa en Cañitas, y que a partir de una serie de sucesos paranormales se convirtió en un escritor que construyó un mito de terror y misterio en la ciudad durante la última década del siglo XX.

Pocas personas se animan a contar una historia de muertos, a pesar de que es una regla no escrita en la cultura mexicana que los muertos deambulan por el mundo de los vivos. En especial, si recordamos los primeros días de noviembre en que se conmemora el día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos (1 y 2 del mes), cuando tradicionalmente se le hace una ofrenda los muertos mediante un altar pletórico de los gustos carnales que hacían felices a esas personas antes de perecer.

Sin embargo, a Carlos Trejo no le creían ni sus amigos, y menos psicólogos o curanderos. Así que decidió escribir sus vivencias como un método terapéutico y desahogo emocional. En 1993 se convirtió en un fenómeno mediático tras publicar Cañitas, un libro que narra la historia de una familia de clase media que tras jugar con la güija atrajeron al espíritu de un monje satánico, un plan inesperado para un hombre de 28 años, viudo —su esposa, Sofía, murió en 1992 víctima de un tumor cerebral— y con dos hijos.

Un espectro que le garantizó fama y buenas ganancias luego de vender más de 45,000 ejemplares del libro. Sin embargo, mientras más personas compraban el libro a 100 pesos, se ponían más de moda los fantasmas, pero la privacidad de Carlos Trejo en su casa desaparecía.

Sus seguidores iban a la calle de Cañitas para buscar la casa “embrujada”. No importaba el día o la hora, llegaban a pie o en carro para observar todo el movimiento. Incluso, muchos intentaban entrar con engaños haciéndose pasar por vendedores o parientes lejanos, recuerda Trejo sentado en el sillón de su despacho sin dejar de mirar uno de los cuatro monitores de las cámaras del circuito cerrado que vigilan toda su casa.

En repetidas ocasiones intentó ponerla en renta o en venta con la intención de alejarse, pero nunca lo logró. Con resignación admite que fue más sencillo “aprender” a respetar el espacio del monje que merodea su casa desde 1982, que soportar a los “fisgones” que quieren investigar por su cuenta si en Cañitas 51 espantan o no.

—Entonces, ¿Carlos Trejo y el monje satánico tuvieron su final feliz en la historia de Cañitas? , le pregunto.

—Es curioso todo el rollo de la historia para concluir en esto, pero sí. Ambos aprendimos a vivir juntos. Él respeta mi espacio y yo el suyo. Si lo veo lo dejo pasar. Aprendes a vivir con una cosa en la espalda—, dice en tono serio.

Es así, como Carlos y el monje satánico aprendieron a ejecutar la teoría de Darwin: el que sobrevive es el que se adapta.

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A un lado de la reja de la casa hay una placa domiciliaria que dice “Cañitas 51 Carlos Trejo”. La fachada es muy colorida, con un tono marrón y un blanco opaco que resalta las grecas aztecas en la parte baja de los muros, un estilo que nada tiene que ver con lo tétrico o lo escalofriante.

No hay timbre, pero sí una pequeña cámara que enfoca a todo aquel que se para ante la puerta. Ni la presencia de Bola 18, una gatita negra de ocho años, es tan amenazante como ese lente. Una voz femenina grita “¡Ya voy!”, se trata de Mary, la asistente de Trejo.

Hay una Harley-Davidson 2004 estacionada. Mientras algunas personas coleccionan llaveros, discos de acetato, muñecos de peluche o encendedores, él colecciona motocicletas. Tiene 15.

Antes de subir las escaleras de caracol para llegar al despacho de Trejo pasamos por un pequeño cuarto repleto de herramientas automotrices donde la luz es muy escasa.

Arriba, en medio de cuatro muros construidos con recuerdos de su vida: fotos, diplomas, reconocimientos y piezas de colección, como el micrófono con el que alguna vez Elvis Presley cantó “My Way”, y un baúl de madera del ilusionista de origen húngaro Harry Houdini que compró en una subasta durante un viaje a Budapest.

Pero antes de continuar con la conversación de viajes y banalidades, Carlos Trejo me mira de manera inquisidora. “¿Y tú qué quieres saber de mí?”, pregunta con una voz ronca.

Sí. Qué quiero saber. Aquellos que se han acercado a Trejo lo han hecho siempre con la misma curiosidad: saber si sus historias de fantasmas son verdad o una charlatanería. Más de una vez, su nombre ha aparecido en los titulares de la prensa sensacionalista por protagonizar no sólo historias de fantasmas, sino también escándalos que han puesto en tela de juicio la credibilidad del caso Cañitas.

Pero este hombre de 50 años se toma muy en serio su misión con los fantasmas. No le importan las opiniones que la gente pueda tener sobre su trabajo como investigador de fenómenos paranormales, una actividad a la que decidió dedicarse luego de sobrevivir la vorágine de experiencias macabras del año de 1982 en Cañitas. “No me ofende que la gente me crea o no. Cualquiera tiene derecho a criticar mi trabajo”, asegura.

Me recuerda que a pesar de las críticas o el escepticismo de sus detractores, el libro de Cañitas se sigue vendiendo como pan caliente. Fue tanto el éxito que en marzo de 2007 decidió realizar la adaptación cinematográfica que duró, a su decir, casi un año en cartelera con una venta total en taquilla de 110 millones de pesos. “Dirigí y produje yo mismo. Competí con Kilómetro 31”, alardea.

Mientras Trejo repite continuamente que su película, Cañitas (presencia), conformó el nacimiento del género de terror del nuevo cine mexicano, al teclear en el buscador Google “película de Cañitas”, aparecen más de 34,700 resultados, en su mayoría, relacionados con la descarga gratis o malas críticas.

Sin embargo, a dos décadas del libro y a seis años del estreno de la película, la casa de Cañitas 51 no es precisamente una mansión digna de un autor con tanto existo comercial. Trejo vive con su hija, su yerno, su nieto de cuatro años y su hermano Luis, quien es sordomudo.

Cañitas 51 es una vivienda muy grande a diferencia del resto de las casas del barrio. Tiene una construcción con ladrillo rojo en forma de “U” con dos pisos, y dos pequeños cuartos independientes, algo que bien puede pertenecer a una familia de clase media, pero no una millonario.

Pero Trejo, quien aprendió a compartir el techo con el ente endemoniado, el hombre que ha realizado más de 2,000 investigaciones de fenómenos paranormales y que ha presenciado exorcismos en México y el Vaticano, parece tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.

Al menos, eso es lo que uno piensa al ver las medidas de seguridad que usa para proteger su casa. Los muros del patio sostienen cercas electrificadas de casi dos metros de altura con alambres de púas, además en la esquina del jardín hay un monitor en el que se puede ver a las personas que caminan sobre Cañitas. “En toda la casa hay cámaras, menos en las habitaciones”, acepta Trejo.

Mientras se convertía en el hombre “Bestseller de México” con Cañitas, las dificultades de Trejo llegaban por otro lado. Los errores que había cometido en el pasado le pasaron factura cuando se convirtió en figura pública. “Me salieron hijos, esposas y hermanas por todos lados. Gente que se dedicaba a extorsionarme”, dice indignado.

Sin embargo, nada se compara con lo que vivió en diciembre de 2006, cuando mataron a un amigo de su hija a unos pasos de la casa de Cañitas 51. Trejo asegura que la agresión era en su contra, pero estaba de viaje. “A ese grado ha sido el costo de la fama”, lamenta.

—Entonces, ¿así como has ganado fama también enemigos?

—Pues sí, pero así como he sufrido agresiones hacia mi persona también tengo mucha gente que me aprecia. Unos dicen que mi libro es mentira, pero otros lo compran. En fin, así es esto.

Aquí, le pregunto inevitablemente a qué le tiene más miedo:”¿A los vivos o los muertos?”

“Ni a unos ni a otros”, responde tranquilo. “Rompí ese tabú. A fin de cuentas el porcentaje de mortandad en el planeta es del cien por ciento. Todos, nos vamos a morir. No… miedo no”, se repite a sí mismo.

Pero a pesar de todo, el misterioso escritor continuará ofreciendo detalles de la “escalofriante” historia de Cañitas a través de los programas de radio y televisión para alimentar su popularidad.

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Cuando llamas a Carlos Trejo no te contesta él, sino su asistente, Mary, una joven bajita de cabellera negra: “Cazafantasmas, buenas tardes”, responde. El proceso es igual para reporteros o clientes.

Quienes solicitan sus servicios deben ser pacientes. Nunca lo contactarán directamente. Todo es a través de Mary o de los hombres de confianza que conforman su equipo, como Harry, un abogado que llegó ahí por la necesidad de entablar comunicación con su abuela, de quien no pudo despedirse antes de su muerte, y descubrió su sensibilidad para integrarse al equipo de Trejo.

Antes de que el equipo acepte un caso se hace un proceso de investigación para comprobar si se trata de una situación paranormal o de una explicación científica, como les ocurrió en una iglesia de Hidalgo, donde todas las personas que ahí llegaban se morían: curas, monjas y ayudantes.

Cuando se realizó la investigación descubrieron que en las columnas de la construcción había murciélagos, entonces las muertes estaban relacionadas con el guano del animal que libera gases venenosos.

El grupo de los cazafantasmas está conformado por más de 200 personas en diferentes puntos de la República Mexicana y en algunas ciudades de Estados Unidos, como Miami.

Sin embargo, no funciona como sus pares famosos de la película Ghostbusters (1984), protagonizada por Bill Murray, en la que usaban overoles y había fantasmitas más bien chistosos. Aquí todos son parte del motoclub liderado por Trejo.

Todos tienen motocicletas Harley-Davidson, chamarras de cuero y mucha adrenalina y vocación, porque aquí nadie cobra ni un peso a las personas que requieren de una investigación paranormal, así que los recursos económicos se obtienen de la venta de accesorios y refacciones con la marca del motoclub.

Charlye, a quien Trejo califica “como su mano derecha”, explica que para pertenecer al motoclub no se necesita cumplir algún requisito, sólo pagar la membresía y el chaleco –de 3,000 a 5,000 pesos–, y tener disponibilidad de viajar por todo México arriba de una moto a toda velocidad.

Pero la situación cambia para quienes desean convertirse en cazafantasmas, antes deben de aprobar una serie de cursos de hipnosis, regresiones, duendes mágicos, exorcismos, psicofonías y “todo lo relacionado con lo paranormal”. La preparación dura de uno a dos años, todo depende del interés y tiempo que invierta la persona.

Charlye es un joven de anteojos y gorra que explica cómo se hacen las investigaciones: “Siempre llevamos vestimenta negra para confundirnos con las energías. El equipo depende de la zona a la que vamos. Si tenemos que acampar llevamos equipo de protección civil, cuerdas, botas, sensores, medidores de temperatura, detector de metales y un equipo especial para detectar alguna fuente de energía”.

Los espíritus permanecen en el mundo de los vivos realizando diferentes manifestaciones mediante su energía, la cual, produce ruidos y una “vibra especial”, y así es como los cazafantasmas los detectan.

Trejo tiene la certeza de que es más fácil que los vivos molesten a los muertos que viceversa. Generalmente, cuando un ente –un ser que ocupa un lugar en el espacio– se manifiesta por la forma en que murió o por sesiones espiritistas que abren puertas al mundo terrenal. Si esto lo dice un hombre que sobrevivió a un monje endemoniado que se instaló en su casa en 1982, supongo que tiene lógica.

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—Y qué es más peligroso ¿Qué un muerto esté en el mundo de los vivos o que un vivo abra una puerta del más allá?

—Hay gente que le llega la muerte tan rápido que no se da cuenta que ya murió y eso crea un cruce de tiempo y espacio, así que debemos ayudarlo a encontrar su camino. El verdadero problema es lo segundo. En esos casos, la gente nos habla desesperada. Abren puertas que ni siquiera saben cómo controlarlas, así que necesitan de nuestra ayuda —explica Trejo.

Así como en el mundo de los vivos hay una variada gama de emociones y sentimientos que te clasifican en bueno o malo, también ocurre lo mismo en el mundo de los espíritus, pero a diferencia de los vivos, éstos no pueden hacerte daño, “tenle miedo a un vivo. Ese sí te puede destruir”, insiste el cazafantasmas.

Esa necesidad de que los vivos quieran estar en el mundo de los muertos, y los muertos en el mundo de los vivos es un negocio redituable. Basta con recordar a Juan Ramón Sáenz, quien creó un imperio con su programa La mano peluda, en el que durante 15 años recopiló más de 53,000 historias de fantasmas, brujas y demonios que fueron escuchados en México y gran parte de Estados Unidos.

Entonces, pregunto insistente si los fantasmas generan buenas ganancias. “Para nada. Aquí no cobramos. Las personas pueden tener la confianza de que no los estafaremos o robaremos. Cuando vamos a una investigación ni siquiera aceptamos un refresco. Todo va por nuestra cuenta. Lo único que les pedimos es su autorización para grabar video y difundir el caso en algunos programas de radio o televisión que me invitan”, explica Trejo.

Actualmente, Trejo y su equipo de cazafantasmas está en trámites con la Secretaría de Gobernación para realizar una investigación en el Palacio de Lecumberri a finales de año.

Así que, con una visión mundana, debo preguntarle de qué vive. “Aunque el libro, la película y el motoclub me han dejado ganancias, también soy empresario”, ahonda. “Me gusta mucho la música, así que realizo conciertos de rock en diferentes partes de México. Me gusta invertir y ganar. De ahí genero recursos para irme de viaje y realizar mis investigaciones paranormales. Ahora estoy en planes para realizar la obra de teatro de Cañitas”.

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Carlos Trejo es un hombre que no refleja estatus, pero sí un estilo. Viste chamarras y chalecos de piel con el logotipo de su motoclub “Cazafantasmas” –un espectro envuelto en una túnica con ojos iluminados con las manos afiladas sobre la luna–, pantalón de mezclilla, botas de trabajo y barba poblada.

Sus 93 kilos y su 1.80 metros de estatura no lo convierten en una persona amigable en apariencia. Nadie podría imaginar que este hombre de melena rizada, musculoso y espalda de ropero, tiene pesadillas como cualquier persona.

Desde hace varios años, por prescripción médica, toma una pastilla de melatonina para poder conciliar el sueño. Tantos años de vida nocturna y viajes al extranjero lo convirtieron en un manojo de nervios, “tenía un desorden en el sistema biológico y si a eso le agregas los casos paranormales que he realizado ¡Ya te imaginarás!”, dice entre suspiros.

Ser cazafantasma lo obligó a llevar una vida apegada al ejercicio y alejada del alcohol y las fiestas. Cuando no tiene investigaciones, a las nueve de la noche apaga la luz de su cuarto para dormir, pero a las seis de la mañana suena su despertador para ir al gimnasio.

En la casa de Cañitas hay mucho movimiento. Siempre hay gente que entra y sale. Algunos son integrantes del motoclub, su asistente o parte de su familia, sin embargo, Carlos siempre se aísla en su despacho. Disfruta de la soledad.

Su esposa Sofía murió el 21 de agosto de 1992 a consecuencia de un tumor cerebral. A 21 años de su fallecimiento, Carlos aún no ha terminado su duelo. Cada año a la una de la tarde se dirige a su recamara a contemplar las cenizas de la madre de sus hijos que ahí conserva, “tenía 28 años cuando ella murió”, recuerda con la mirada clava en el piso.

Aprendió a ser “padre y madre” de un niño y una niña por necesidad. Carlos, el que preparaba la comida, el que se encargaba de los gastos, el que limpiaba la casa, el que recibía flores en la escuela de sus hijos todos los 10 de mayo “ahí me tenías bien formadito los días de la madre”, bromea.

Aunque Sofía a veces se le presenta en sueños, dice que la mejor forma de recordarla es a través de su nieto, quien heredó la memoria genética de su abuela. “Para mí eso es la reencarnación de mi mujer. Su aroma, sus gestos, detalles que mi nieto tiene y me hacen recordarla”, admite con la voz entrecortada.

Ya que no hay un lugar que guarde más secretos que la alcoba, Carlos aceptó mostrarme la suya. Salimos de su despacho para cruzar la sala. Ahí hay una vitrina atiborrada de hadas y duendes con mirada penetrante. A un lado, una cantina al puro estilo del viejo oeste sólo le faltan los bancos altos con soporte de acero y las bailarinas de Can-Can.

En la cocina está su hija Monserrat. Saluda con un “Hola” que apenas se escucha en la enorme casa. A simple vista, todo luce tan tranquilo que nadie pensaría que ahí también vive un monje satánico.

Subimos las escaleras. Al abrir la puerta de su cuarto lo primero que se ve es la cabeza de un indio salvaje sobre la cabecera de la cama, dice que es para atraer la buena suerte.

A un lado, hay una chimenea de ladrillos grises, un diseño inspirado en el castillo de Drácula, en el que Trejo vivió tres meses, aunque no sabré si lo inventó o se trata de la verdad.

Cañitas no es la construcción con ventanas rotas, humedad y cuartos en obra negra que era en 1982. Incluso, después de la muerte de Sofía, Carlos y sus hijos vivieron por un año lejos, y la casa se deterioró aún más.

A su regreso, en medio de esas ruinas, Trejo decidió reconstruir su mundo. En su burbuja puede mirar a todo aquel que intente romperla.

Antes de despedirnos, el cazafantasmas me obsequió su libro. Me resisto a comenzar la lectura en el trayecto del metro a plena luz del día. Al final, supongo que Cañitas es una lectura que mejor sabrá por la noche y a hurtadillas.

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